Ayunar de bondad hasta saciarnos

«Ayuno» es una palabra de moda. Se habla de ayuno intermitente como pauta alimentaria; del ayuno ayurveda como terapia de desintoxicación; incluso del ayuno digital para reducir el estrés y la sobrecarga cognitiva. 

Durante los próximos cuarenta días se hablará de ayuno cuaresmal. También de abstinencia. Y quizá se ponga el foco en la carne de la que nos privamos o en las ingestas que limitamos. Pero el verdadero ayuno al que nos invita la Cuaresma va más allá de lo que entra o sale del plato.  

En 2014, el Papa Francisco trajo a nuestras conciencias lo que llamó el «ayuno de bondad». En su homilía de la misa celebrada en Santa Marta el viernes 7 de marzo, Francisco releyó un pasaje tomado del libro de Isaías (58, 1-9a): «Éste es el ayuno que yo quiero: soltar las cadenas injustas, desatar las correas del yugo, liberar a los oprimidos, quebrar todos los yugos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, cubrir a quien ves desnudo y no desentenderte de los tuyos».  

El entonces obispo de Roma lo expresó muy claramente: «es el ayuno más difícil: el ayuno de la bondad».  

Francisco abrió diferentes preguntas para hacer un examen de conciencia sobre nuestra capacidad de ayunar saciándonos de bondad. Y las resumía todas en una: «¿sé acariciar a los enfermos, a los ancianos, a los niños? ¿O he perdido el sentido de la caricia?». 

La caricia es un gesto físico, un signo de cariño y de ternura. Y va mucho más allá de las manos.

.

Acariciamos cuando guardamos el móvil y dedicamos tiempo de verdad, atención genuina, a quien tenemos al lado. 

Acariciamos cuando apagamos el ruido y oramos en silencio. 

Acariciamos cuando nos privamos de la crítica y hablamos con amor. 

Acariciamos cuando hacemos el ejercicio de transformar nuestra tristeza en la alegría que nos distingue por ser hijos de Dios. 

Por la caricia llegamos a la bondad. Y la bondad es el ayuno más saciante. El que llena el alma.